Los Soñadores II

Autor: Roberto Fabelo Elisa / roberto.fabelo@jovenclub.cu

The Dreamers II

Penumbra. Vacío. Fondo plagado de diminutas luces semejantes a estrellas. Astros capaces de resplandecer sin la furia irreflexiva de la fusión. Casi en calma de lejos, porque es difícil acercarse. Allí, lo oscuro, a cada paso más denso, no sólo es frío. Posee la capacidad de atacarlo todo, voraz, cáusticamente. Y la piel y la psiquis, duelen, arden reaccionando a la aspereza del lugar, gritando la necesidad perentoria de retroceder.

Sólo desde muy cerca se escuchan sonidos. Primero los gritos, luego las voces, los susurros. Entonces se hace obvio que cada estrella es una realidad en sí misma, o al menos el acceso a cada una. Puertas luminosas que se abren o cierran en la medida en que todo cambia. Un laberinto en forma de gotas de luz donde te sumerges en la más cercana y podrías emerger en alguna de los millones que se encuentran detrás. Sin orden aparente, en caos. Flotando libres en direcciones diversas. Todas menos una. Estática, en absoluto silencio.

Dentro…

Dentro, la ilusión de realidad está rota. Nada se comporta como debería y todo ha quedado inerte. Incluso la imagen de la pareja que flota en el extremo mismo de esa burbuja inestable.

Él, llevándola en brazos, parece tratar de arrastrarla fuera del alcance de algo intangible. Ella no sangra no se queja no se mueve. Frágil muñeca exánime yaciendo justo un paso después de la muerte. Demasiado cercana al punto en que todo comienza a deshacerse.

Su pelo, flotando sobre una brisa inexistente, se disuelve en ínfimas partículas al rozar los bordes de la fuerza que pugna por devorarla. Entonces emana un pulso que se opone, gana espacio, y revierte lo sucedido recuperando cada hebra perdida. Un pálpito que terminará por desfallecer irremediablemente, justo cuando la debilidad y el dolor lo invadan todo: las manos, el pecho, los cimientos de una mente torturada.

«Mithel», emitió el recién llegado manteniéndose a distancia segura.
«Le advertí. Pero fue inútil. Ahora…», la respuesta quedó trunca por el efecto de una onda repulsora.
«Está muerta», completó el visitante.
«Fue el hielo negro. Mi último recurso para contenerlos. Ella no debía estar aquí. No tenía cómo …defenderse».
«Vino a protegerte».
«Y lo hizo, sí que lo hizo».
«Ahora ponte a salvo. Déjala ir».
«Ella…, no es como nosotros …no tiene adónde».
«Tus barreras se debilitan. Dentro de poco no tendrás opción».
«Lo merezco. Les he fallado a ambos. Esta debería ser mi hora».
«No tiene por qué serlo. La Nada no es sinónimo de descanso, Mithel. Ni siquiera es eterna. Mereces algo mejor. Sobrevive. Vuelve a crearla».
«Imposible. Soy un Incompatible Absoluto. Ella… es mi anomalía paradójica, la única en billones de intentos. El insólito resultado de un doloroso proceso que no quiero… ni puedo repetir».
«Entonces entrégamela».
«Es inútil. Todo se ha detenido en ella. Ya sólo es… un conjunto estático de datos».
«No necesito más. Dame acceso a su código y te estará esperando cuando emerjas».
«¡¿Cuándo emerja?! ¡¿Acaso…?! ¡Júrelo por el Creador!»
«No puedo jurar en Su Nombre. Sólo confía. Será suficiente».

«Entonces…» «Sólo mantenlos ocupados. Es un trato».

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